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El fraude de la educación pública es bastante sencillo de
explicar. Pero antes, hay que reconocer el papel protagónico del chantaje que
ha durado buen largo tramo de la historia. Este trata sobre la gratuidad de la
educación; pues en otro momento de la historia, la educación solo había sido
dirigida para clases élite, quiero decir, únicamente a personas de mucho poder
económico o político. De modo que aprender era un lujo. Pero estamos en otro momento de la historia, donde la «globalización» ha descentralizado el
conocimiento de manera tal, que la mayor parte de la población en la que se
gasta más dinero en educación, ahora, tiene acceso a internet y otros recursos
de comunicación que le permitiría realizar estudios empíricos sobre
determinados temas. De manera que podría afirmarse que el sistema educativo
vigente, cuyo origen radicó en la revolución industrial, nos está haciendo
gastar más dinero innecesariamente. Y aunque podría surgir comentarios relacionados a que la
educación no supone un «mal gasto», resulta evidente que la educación constituye
un elemento muy grande en el gasto público.
Hay dos elementos
de juicio importantes: el primero que trata sobre la forma de aprender, en el
entendido que la revolución industrial se equivocaba cuando sugería que el
modelo educativo debía ser similar al sistema de proceso industrial, donde a
los niños se les trataba como a un trozo de acero que carecía de
heterogeneidad. Los seres humanos no somos así, nacemos con fascinaciones,
aptitudes y vocaciones inspiradas por sueños y anhelos, lo cual es evidencia clara
que, en un caso hipotético, si treinta niños conglomerados en un salón de
clases están recibiendo clases de matemáticas, más de alguno estará pensando en
por qué si la profesora sabe tanto, ella debe estar viendo un libro para poder enseñarles,
o bien, habrán otros, que al reverso de su cuaderno estarán intentando dibujar
a su compañero de clases, dedicarle algunos versos o una carta a su amor platónico; algunos menos ávidos y más desesperados, optarán por romper alguna página del cuaderno para hacer bolitas de papel y así llamar la atención de sus compañeros lanzándola con extremada puntería. Otros niños quizá sientan deseos de
salir corriendo del aula y dedicarse a perseguir alguna pelota; en fin, por la
naturaleza de los seres humanos, es posible que de los treinta, solo algunos
estarán plenamente interesados en el asunto de los números. En fin, la mayoría de
esos niños, estarían recibiendo una clase de matemáticas que no es placentera, o
que no se ajusta a sus vocaciones o sueños. Y conste que no quiero parecer un
soñador, sino que basado en el hecho que solo unos pocos estarían
verdaderamente interesados en esa clase, la mayoría estaría
recibiendo una educación que sencillamente, no es para ellos, y por ende, el
gasto en la educación estaría siendo mal orientado. Quiero decir —y acá hago hincapié
en el segundo elemento de análisis— que la depreciación de los muebles, del
inmueble, la energía eléctrica y el profesor, todo, todo tiene un costo, y es asumido por el estado. Entonces, los
contribuyentes estarían gastando mal su dinero en el sistema educativo, sencillamente porque los niños
son seres humanos, y en ese momento de su vida, no precisan de ciertos conocimientos; habrán unos que posiblemente necesiten de literatura, otros, de
ciencias básicas, de ciencias aplicadas, a otros quizá les fascine el deporte, etcétera.
Pero esto es lo que yo considero más interesante: a ver, seamos sinceros: ¿qué
se le hace al niño o adolescente que saca malas calificaciones? Se le somete,
¿cierto?, y se le hace creer que está obrando mal, que su dedicación al estudio
no es la adecuada, que es rebelde sin causa, o bien, que es un holgazán. Casi siempre se le compara con
el niño que anda bien en todas las materias y se le dice: ¡ya quisiera tener un
hijo así como Fulanito, que es un buen estudiante! Pero si ponemos por ejemplo a
unos padres de familia de aquel niño insolente, y los sentamos a que resuelvan
uno que otro examen de su hijo; en más de alguno obtendrán una calificación
poco favorable, y aunque hayan estudiado alguna vez en su vida al mismo nivel
que su hijo, esto confirmaría algo aún más alarmante: lo que un día estos
padres de familia gastaron, o lo que el estado pagó por su educación, fue un
evidente mal gasto, o ¿acaso no habrían olvidado buena parte de lo «aprendido»? Y este es el agravante: que esto no solo lo padecerían los padres del niño con malas calificaciones, sino que también los padres de los hijos con buenas calificaciones, y me aventuro a decir, que también lo padecerían los mismos estudiantes con buenas calificaciones a corto o mediano plazo.
Hay conocimientos generales e indispensables para todos, de las que nadie puede prescindir, como por ejemplo: leer, escribir, contar, jugar, conciliar y organizar. Sobre ellas hablaré en la siguiente parte de este modesto y tan personalmente importante ensayo.
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