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Me corresponde en
esta ocasión hablar sobre la ineludible relación en la que coexisten: la
familia y la escuela. Para comenzar, estimados lectores, reconozcamos cuántas
veces nuestras familias nos dijeron: «Para ser alguien en la vida hay que
prepararse. Por eso hay que ir a la escuela a estudiar». Y aunque no nos lo
dijeron al pie de la palabra, nos dejaron un mensaje similar; y en ello hay algo
de verdad, pero no hay que confundir la chicha con la limonada. De hecho, en un
sentido estrictamente materialista, podría interpretarse que «ser alguien en la
vida» implica ostentar un grado académico para gozar de un buen empleo con un
salario elevado y una posición de poder privilegiada. Personalmente creo que es
un razonamiento bastante egoísta y poco objetivo para los propósitos de la
existencia humana. Lo digo por un hecho bastante sencillo: un doctor en
ciencias jurídicas será comido por los gusanos del mismo modo que un campesino,
independientemente uno haya acumulado riqueza y el otro no. Pero supongamos que
el campesino aunque despojado materialmente, encontró una razón de existencia
motivada por la comunión en paz entre sus semejantes, y luchó por obrar en bien
con quien se le pusiera en el camino; ese ser humano, vivirá en la memoria de
quienes lo conocieran y será motivo de ejemplo en generaciones venideras.
Entonces, si «ser alguien en la vida» implica aspirar a la obtención de un
grado académico para ostentar riqueza material y poder ¿qué sentido puede tener
esos años y años de tortura en las escuelas y universidades? ¿Se logrará el
bienestar común de quienes rodean al «profesional»? Y sobre todo: ¿Hará feliz
al individuo? No lo creo. Y de hecho este es un asunto bastante delicado,
porque es bien sabido que ha habido y hay padres que obligan a sus
hijos a estudiar carreras universitarias porque «son bien pagadas», y coartan
toda proposición alterna con el argumento: «de eso te vas a morir de hambre»; y
concluyen: «¿Quién te está pagando el estudio? Bueno, obedezca». Y de ese modo
es como muchísimos «profesionales» finalizan su formación académica para
iniciar una vida laboral frustrada, detestando lo que hacen y teniendo como
único consuelo la acumulación de asuntos materiales. El ciclo se repite del
mismo modo que inició un día en la escuela, día tras día, esos seres humanos
despiertan cada mañana agobiados por la obligación de hacer algo que no les
complace. Pongamos por ejemplo un niño que se levanta de mal modo porque cada
mañana, obligadamente, debe de ir a estudiar, y ese sentimiento lo podría
compartir también con el que estudió medicina porque sus padres lo obligaron;
ese médico muy posiblemente atienda mal a sus pacientes, fingirá una sonrisa en
su consultorio y hará todo lo posible por hacer que su paciente regrese por
otra consulta para una segunda factura, o bien, lo despachará lo más pronto posible
si se trata de un trabajador del sistema de salud pública. No todos sufren este
padecimiento, no me mal interpreten. Pero pregúntese a usted mismo, estimado
lector, cuando usted va por la calle, ¿los trabajadores le sonríen, los
estudiantes le sonríen? ¿Quiénes son los que siempre sonríen? Respuesta: los
niños.
La familia no solo
es eso que nos dijeron un día: «la base fundamental de la sociedad», esa es una
definición tan pírrica como decir que Don Quijote de la Mancha es una novela y
nada más. Por favor… hay muchísimo más de qué hablar sobre la familia, de
manera general y de la de cada uno de nosotros. Casi todos tenemos un familiar
a quien admirar, otro a quien se le respeta, otro confidente, otro con quien
divertirse, otro a quien aún no perdonamos, otro que ya perdonamos, etcétera,
etcétera. Como ven, nuestras familias definen nuestra personalidad, nuestras
aspiraciones sociales, intelectuales y humanas. Error lamentable es pensar que
un niño será influenciado por los buenos valores en la escuela. No, no y no. El
amor a la naturaleza, a la vida, hacia los semejantes, hacia Dios o los dioses,
se construyen en la familia. No vengamos con cuentos que la escuela está para
eso, que estaríamos escupiendo hacia arriba. Esto no quiere decir que no exista
ninguna excepción. Pongamos por ejemplo el niño que llega a la escuela
maltratado y lleno de moretes por su padre que es alcohólico. Su madre se
dedica a vender tortillas para mantener a él y a sus cuatro hermanos. La
escuela tiene que intervenir, claro que sí, y no solamente los profesores, me
refiero a la escuela en su totalidad: profesores, estudiantes y padres de
familia; que empaticen con el afectado y su familia, que ofrezcan su apoyo.
La escuela debe de
dejar de ser la guardería de padres negligentes y poco interesados en la formación
intelectual y humana de sus hijos. Pero la escuela debe propiciar las
condiciones para que la educación no sea un asunto individual, sino un
compromiso colectivo: comunitariamente solidario. Tiempo hay, recursos hay. Ya
he explicado que los niños están sobrecargados de contenidos en las
asignaturas. Estimado lector, pregúntese: ¿qué sentido tiene que el niño que
acabo de poner por ejemplo aprenda las tablas del uno al nueve de memoria, si
en su hogar esos conocimientos no resolverían en lo más mínimo lo que es para
él lo más importante: tener una familia? Ustedes podrán responderme: «Las
escuelas no están para resolver casos de violencia intrafamiliar. Existen otras
instancias institucionales.» Yo les respondo: tienen razón, existen, y quizá
sea pertinente buscarlas. Pero yo les aseguro que si los compañeros de ese niño
logran ser apoyo para que su familia pueda vivir en paz, ese gesto, no lo
olvidarán ni sus compañeros ni el afectado; vivirá por siempre.
Y es eso
metafísico, intangible, esa sensibilidad y amor entre semejantes es la que nos
hace tanta falta. La familia debe de encontrar en la escuela una comunidad, un
auxilio que ayude e intervenga según convenga cuando alguien necesite ayuda.
Hay que quitarse esa idea de que la escuela son salones atendidos por los
verdugos de nuestros hijos, que con obediencia y disciplina serán personas de
bien. ¡Ya no más, por favor! Veamos hacia atrás en el tiempo, aceptemos los
errores cometidos, corrijamos esas falsas ideas de bien, pero sobre todo:
debemos luchar por cambiar lo que sea necesario.
En la siguiente
entrega hablaré de un tema bastante delicado y quizá controversial: la escuela
y la religión.