jueves, 10 de diciembre de 2015

Apuntes sobre el sistema educativo (III)

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Me corresponde en esta ocasión hablar sobre la ineludible relación en la que coexisten: la familia y la escuela. Para comenzar, estimados lectores, reconozcamos cuántas veces nuestras familias nos dijeron: «Para ser alguien en la vida hay que prepararse. Por eso hay que ir a la escuela a estudiar». Y aunque no nos lo dijeron al pie de la palabra, nos dejaron un mensaje similar; y en ello hay algo de verdad, pero no hay que confundir la chicha con la limonada. De hecho, en un sentido estrictamente materialista, podría interpretarse que «ser alguien en la vida» implica ostentar un grado académico para gozar de un buen empleo con un salario elevado y una posición de poder privilegiada. Personalmente creo que es un razonamiento bastante egoísta y poco objetivo para los propósitos de la existencia humana. Lo digo por un hecho bastante sencillo: un doctor en ciencias jurídicas será comido por los gusanos del mismo modo que un campesino, independientemente uno haya acumulado riqueza y el otro no. Pero supongamos que el campesino aunque despojado materialmente, encontró una razón de existencia motivada por la comunión en paz entre sus semejantes, y luchó por obrar en bien con quien se le pusiera en el camino; ese ser humano, vivirá en la memoria de quienes lo conocieran y será motivo de ejemplo en generaciones venideras. Entonces, si «ser alguien en la vida» implica aspirar a la obtención de un grado académico para ostentar riqueza material y poder ¿qué sentido puede tener esos años y años de tortura en las escuelas y universidades? ¿Se logrará el bienestar común de quienes rodean al «profesional»? Y sobre todo: ¿Hará feliz al individuo? No lo creo. Y de hecho este es un asunto bastante delicado, porque es bien sabido que ha habido y hay padres que obligan a sus hijos a estudiar carreras universitarias porque «son bien pagadas», y coartan toda proposición alterna con el argumento: «de eso te vas a morir de hambre»; y concluyen: «¿Quién te está pagando el estudio? Bueno, obedezca». Y de ese modo es como muchísimos «profesionales» finalizan su formación académica para iniciar una vida laboral frustrada, detestando lo que hacen y teniendo como único consuelo la acumulación de asuntos materiales. El ciclo se repite del mismo modo que inició un día en la escuela, día tras día, esos seres humanos despiertan cada mañana agobiados por la obligación de hacer algo que no les complace. Pongamos por ejemplo un niño que se levanta de mal modo porque cada mañana, obligadamente, debe de ir a estudiar, y ese sentimiento lo podría compartir también con el que estudió medicina porque sus padres lo obligaron; ese médico muy posiblemente atienda mal a sus pacientes, fingirá una sonrisa en su consultorio y hará todo lo posible por hacer que su paciente regrese por otra consulta para una segunda factura, o bien, lo despachará lo más pronto posible si se trata de un trabajador del sistema de salud pública. No todos sufren este padecimiento, no me mal interpreten. Pero pregúntese a usted mismo, estimado lector, cuando usted va por la calle, ¿los trabajadores le sonríen, los estudiantes le sonríen? ¿Quiénes son los que siempre sonríen? Respuesta: los niños.

La familia no solo es eso que nos dijeron un día: «la base fundamental de la sociedad», esa es una definición tan pírrica como decir que Don Quijote de la Mancha es una novela y nada más. Por favor… hay muchísimo más de qué hablar sobre la familia, de manera general y de la de cada uno de nosotros. Casi todos tenemos un familiar a quien admirar, otro a quien se le respeta, otro confidente, otro con quien divertirse, otro a quien aún no perdonamos, otro que ya perdonamos, etcétera, etcétera. Como ven, nuestras familias definen nuestra personalidad, nuestras aspiraciones sociales, intelectuales y humanas. Error lamentable es pensar que un niño será influenciado por los buenos valores en la escuela. No, no y no. El amor a la naturaleza, a la vida, hacia los semejantes, hacia Dios o los dioses, se construyen en la familia. No vengamos con cuentos que la escuela está para eso, que estaríamos escupiendo hacia arriba. Esto no quiere decir que no exista ninguna excepción. Pongamos por ejemplo el niño que llega a la escuela maltratado y lleno de moretes por su padre que es alcohólico. Su madre se dedica a vender tortillas para mantener a él y a sus cuatro hermanos. La escuela tiene que intervenir, claro que sí, y no solamente los profesores, me refiero a la escuela en su totalidad: profesores, estudiantes y padres de familia; que empaticen con el afectado y su familia, que ofrezcan su apoyo.

La escuela debe de dejar de ser la guardería de padres negligentes y poco interesados en la formación intelectual y humana de sus hijos. Pero la escuela debe propiciar las condiciones para que la educación no sea un asunto individual, sino un compromiso colectivo: comunitariamente solidario. Tiempo hay, recursos hay. Ya he explicado que los niños están sobrecargados de contenidos en las asignaturas. Estimado lector, pregúntese: ¿qué sentido tiene que el niño que acabo de poner por ejemplo aprenda las tablas del uno al nueve de memoria, si en su hogar esos conocimientos no resolverían en lo más mínimo lo que es para él lo más importante: tener una familia? Ustedes podrán responderme: «Las escuelas no están para resolver casos de violencia intrafamiliar. Existen otras instancias institucionales.» Yo les respondo: tienen razón, existen, y quizá sea pertinente buscarlas. Pero yo les aseguro que si los compañeros de ese niño logran ser apoyo para que su familia pueda vivir en paz, ese gesto, no lo olvidarán ni sus compañeros ni el afectado; vivirá por siempre.

Y es eso metafísico, intangible, esa sensibilidad y amor entre semejantes es la que nos hace tanta falta. La familia debe de encontrar en la escuela una comunidad, un auxilio que ayude e intervenga según convenga cuando alguien necesite ayuda. Hay que quitarse esa idea de que la escuela son salones atendidos por los verdugos de nuestros hijos, que con obediencia y disciplina serán personas de bien. ¡Ya no más, por favor! Veamos hacia atrás en el tiempo, aceptemos los errores cometidos, corrijamos esas falsas ideas de bien, pero sobre todo: debemos luchar por cambiar lo que sea necesario.


En la siguiente entrega hablaré de un tema bastante delicado y quizá controversial: la escuela y la religión.  

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Apuntes sobre el sistema educativo (II)

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Hay conocimientos generales e indispensables para todos, de los que nadie puede prescindir, como por ejemplo: leer, escribir, contar, organizar y conciliar. Y la pregunta debe ser en todo caso, ¿por qué? Pues bien, esas actividades son fundamentales en la actividad social de todos los seres humanos. Para comunicarse es preciso conocer el lenguaje, es decir, los códigos en los que convive el individuo. De modo que el lenguaje como puede ser oral, puede ser escrito, y ambos constituyen un código determinado. Prueba de ello, es que lo que expreso en este ensayo, sería imposible que lo asimilaran si no conocieran este lenguaje, de manera que un analfabeto perdería la oportunidad de conocer mi mensaje, y lo más preocupante: sería incapaz de emitir un mensaje de contra respuesta de forma escrita. Un viejo profesor de matemática que tuve en octavo grado me dijo un día —intentaré parafrasearlo—: «Usar la calculadora es bueno, te simplifica muchas cosas. Pero vos no sabés si siempre vas a andar una calculadora. Por eso es bueno que aprendás a hacer las cosas a pie (manualmente)». Ese mensaje no se me olvida, y sobre él, estimado lector, usted y yo seguramente coincidiremos con muchas opiniones. Desde la infancia temprana los núcleos familiares nos enseñan los números, generalmente los enteros, del uno al diez o más. Pero es claro que en algunos momentos de la vida necesitaremos de procesos matemáticos más complejos, sumar, restar, multiplicar o dividir, y el asunto se comienza a complicar, ya vamos tratando con más números enteros, luego con números reales, y luego necesitamos hacer reglas de tres para convertir unidades, monedas, etcétera. Si usted está leyendo esta parte de mi ensayo desde su teléfono, la tesis de mi profesor ha quedado refutada, pues en estos tiempos todo aparato electrónico (teléfono o computadora portátil) que llevamos con nosotros, tiene una calculadora y no solo es capaz de desarrollar operaciones sencillas como las que anteriormente describí, sino que muchísimo más complejas, tanto, que incluso una persona con destreza matemática quedaría muy reducida ante la velocidad de los aparatos.  Con todo esto, quiero dar a entender que un abogado puede prescindir del teorema de Pitágoras o de los casos de factoreo, y ese abogado, no por desconocer de esos temas será un mal abogado. Caso contrario, un matemático podría prescindir de conocimientos sobre derecho mercantil o civil. La detección individual de las vocaciones puede surgir en cualquier momento de la educación primaria, y debería ser ese el momento oportuno para iniciar un proceso de educación que permita formar integralmente a los estudiantes en lo que les gusta aprender y desarrollarse. Además permitiría hacer un gasto más eficaz de los fondos públicos en educación. 

En concreto, la educación básica no solo debería enseñar asuntos elementales para todo individuo, sino que además, debe de ser el momento oportuno para descubrir las vocaciones y talentos de los estudiantes, no solo en el área de las ciencias o la literatura, sino que en toda su integridad. Destrezas como artes plásticas, música, deportes, entre otras. Esto supondría una enseñanza menos intensa y más dinámica, que torture menos a los niños con la obediencia y se preocupe más por aplicar y desarrollar lo aprendido en el aula a la vida cotidiana. Una enseñanza que sea para usar, y no para olvidar.

Mencioné algo sobre: conciliar y organizar; dos cosas que poco hemos aprendido. Lo digo con muchísima propiedad. Usaré como ejemplo el siguiente caso: 
     Iba yo a noveno grado cuando en mi escuela ocurrió un caso bastante extraño. Sucedió que unos chicos de octavo grado estaban saliendo de la escuela tirándose el muro perimetral. Realmente no sé para qué se escapaban. Lo cierto es que no tardaron mucho en descubrirlos. Entonces la Junta Directiva de la escuela —conformada por el director, unos docentes y padres de familia— decidió quien sabe bajo qué argumentos, colocar alambres de púa en el muro para que los chicos se vieran limitados a salir. Pasó algún tiempo, y los adultos se creyeron vencedores. Pero eso estaba por probarse, pues los estudiantes un día nos llamaron y nos preguntaron si queríamos ayudar a arrancar los alambres. Su oferta fue pagarnos con pupusas y ayudarnos en otra cosa que luego quisiéramos. En aquel entonces yo era un chico que detestaba las órdenes y reconozco que era un rebelde. De manera que colaboré con el plan. Con unos lazos amarrados a los alambres tiramos con todas nuestras fuerzas y logramos abrir un espacio prudencial para hacer los escapes. Pasaron los días y todo marchaba con serenidad, ambas partes pensaban que el problema estaba resuelto. Pero acá inicia la parte dramática: cierto día, los chicos invitaron a otras niñas de otro grado a escaparse, y una de ellas quedó atrapa quien sabe cómo. El hecho fue que quedó colgando de su pantorrilla al lado de afuera del muro. Sus amigos hicieron lo posible por sacarla de ahí pero el escándalo llegó pronto a los profesores. Al siguiente día no solo los estudiantes estaban en problemas, sino que además los profesores, pues el padre de la niña había llegado con la policía para verificar la medida de seguridad adoptada por la escuela. Todos los involucrados quisieron evadir responsabilidades. Pero dos cosas fueron claras, la primera fue que la Junta Directiva (los adultos) optaron por resolver el problema de la forma más insensata, ya que… ¿y si la niña hubiera muerto porque sencillamente la escuela le parecía un sitio aburrido y le convencía más hacer otras cosas con sus compañeros? ¿Qué hubiese pasado si en lugar poner alambres de púas hubieran comprado algo para que los chicos se divirtieran dentro? Y la segunda: admirable fue la organización de los estudiantes, porque en principio coincidían en algo: ¡No querían estar en la escuela! ¡Querían salir de ahí! Y con esa pericia de ponerse de acuerdo, para bien o para mal, construyeron una estrategia para el cumplimiento de sus objetivos. Yo podría decir que hicieron un papel político completamente funcional, pero no sé si me equivoque. Lo cierto es que usted sabe muy bien que si estudió algún día, más de alguna vez sintió deseos de no ir, o de escaparse de la escuela por alguna razón. Y no es mi intención traerles recuerdos y ponerles una sonrisa en la cara.

Recapitulando: la organización que nos enseñan en las escuelas es tan patética que generalmente solo se basa en el nombramiento de un «presidente», cuyas características suelen ser: el que ostenta las mejores calificaciones o es «el mejor portado». Su papel más importante es la confidencia entre él/ella y el profesor/a cuando hay uno que otro altercado. A veces se nombran comités, pero casi siempre son pasajeros excepto cuando se trata del comité de limpieza. Los estudiantes rara vez tienen poder de decisión y casi nunca se les orienta para que tengan autonomía organizativa; siempre prevalece el estigma que consiste en la relación de la edad con la sabiduría. Sobre ese asunto hay mucho por decir, pero bastaría con aclarar que un niño tiene suficiente pureza como para defender la vida sobre lo material, mientras que un adulto tiene suficiente maldad como para ofrendar vidas por la riqueza material. La consagración de la sabiduría ocurre mientras los seres humanos están despojados de odio y avaricias, por eso no se debe desestimar la sabiduría de un niño; pues ahí están las grandes verdades. Creo que vale la pena rescatar una bella frase de Charles Dickens plasmada en Oliver Twist: «Hay grandes hombres que hacen a todos los demás sentirse pequeños. Pero la verdadera grandeza consiste en hacer que todos se sientan grandes».

He tratado de abordar algunos de los elementos del conocimiento más importantes e imprescindibles para todos, pero aún falta tratar la relación: familia-escuela; y sobre ello, hablaré en la siguiente parte de mi ensayo.

martes, 8 de diciembre de 2015

Apuntes sobre el sistema educativo (I)

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El fraude de la educación pública es bastante sencillo de explicar. Pero antes, hay que reconocer el papel protagónico del chantaje que ha durado buen largo tramo de la historia. Este trata sobre la gratuidad de la educación; pues en otro momento de la historia, la educación solo había sido dirigida para clases élite, quiero decir, únicamente a personas de mucho poder económico o político. De modo que aprender era un lujo. Pero estamos en otro momento de la historia, donde la «globalización» ha descentralizado el conocimiento de manera tal, que la mayor parte de la población en la que se gasta más dinero en educación, ahora, tiene acceso a internet y otros recursos de comunicación que le permitiría realizar estudios empíricos sobre determinados temas. De manera que podría afirmarse que el sistema educativo vigente, cuyo origen radicó en la revolución industrial, nos está haciendo gastar más dinero innecesariamente. Y aunque podría surgir comentarios relacionados a que la educación no supone un «mal gasto», resulta evidente que la educación constituye un elemento muy grande en el gasto público.

Hay dos elementos de juicio importantes: el primero que trata sobre la forma de aprender, en el entendido que la revolución industrial se equivocaba cuando sugería que el modelo educativo debía ser similar al sistema de proceso industrial, donde a los niños se les trataba como a un trozo de acero que carecía de heterogeneidad. Los seres humanos no somos así, nacemos con fascinaciones, aptitudes y vocaciones inspiradas por sueños y anhelos, lo cual es evidencia clara que, en un caso hipotético, si treinta niños conglomerados en un salón de clases están recibiendo clases de matemáticas, más de alguno estará pensando en por qué si la profesora sabe tanto, ella debe estar viendo un libro para poder enseñarles, o bien, habrán otros, que al reverso de su cuaderno estarán intentando dibujar a su compañero de clases, dedicarle algunos versos o una carta a su amor platónico; algunos menos ávidos y más desesperados, optarán por romper alguna página del cuaderno para hacer bolitas de papel y así llamar la atención de sus compañeros lanzándola con extremada puntería. Otros niños quizá sientan deseos de salir corriendo del aula y dedicarse a perseguir alguna pelota; en fin, por la naturaleza de los seres humanos, es posible que de los treinta, solo algunos estarán plenamente interesados en el asunto de los números. En fin, la mayoría de esos niños, estarían recibiendo una clase de matemáticas que no es placentera, o que no se ajusta a sus vocaciones o sueños. Y conste que no quiero parecer un soñador, sino que basado en el hecho que solo unos pocos estarían verdaderamente interesados en esa clase, la mayoría estaría recibiendo una educación que sencillamente, no es para ellos, y por ende, el gasto en la educación estaría siendo mal orientado. Quiero decir —y acá hago hincapié en el segundo elemento de análisis— que la depreciación de los muebles, del inmueble, la energía eléctrica y el profesor, todo, todo tiene un costo,  y es asumido por el estado. Entonces, los contribuyentes estarían gastando mal su dinero en el sistema educativo, sencillamente porque los niños son seres humanos, y en ese momento de su vida, no precisan de ciertos conocimientos; habrán unos que posiblemente necesiten de literatura, otros, de ciencias básicas, de ciencias aplicadas, a otros quizá les fascine el deporte, etcétera. 

Pero esto es lo que yo considero más interesante: a ver, seamos sinceros: ¿qué se le hace al niño o adolescente que saca malas calificaciones? Se le somete, ¿cierto?, y se le hace creer que está obrando mal, que su dedicación al estudio no es la adecuada, que es rebelde sin causa, o bien, que es un holgazán. Casi siempre se le compara con el niño que anda bien en todas las materias y se le dice: ¡ya quisiera tener un hijo así como Fulanito, que es un buen estudiante! Pero si ponemos por ejemplo a unos padres de familia de aquel niño insolente, y los sentamos a que resuelvan uno que otro examen de su hijo; en más de alguno obtendrán una calificación poco favorable, y aunque hayan estudiado alguna vez en su vida al mismo nivel que su hijo, esto confirmaría algo aún más alarmante: lo que un día estos padres de familia gastaron, o lo que el estado pagó por su educación, fue un evidente mal gasto, o ¿acaso no habrían olvidado buena parte de lo «aprendido»? Y este es el agravante: que esto no solo lo padecerían los padres del niño con malas calificaciones, sino que también los padres de los hijos con buenas calificaciones, y me aventuro a decir, que también lo padecerían los mismos estudiantes con buenas calificaciones a corto o mediano plazo.

De esta manera es como el círculo del fraude de la educación pública queda cerrado. Las políticas educativas deben ser reconsideradas no como intangibles derechos constitucionales, sino como punto de partida en la liberación intelectual de los conciudadanos y en la eficacia y eficiencia del gasto público en el rubro educativo.

Hay conocimientos generales e indispensables para todos, de las que nadie puede prescindir, como por ejemplo: leer, escribir, contar, jugar, conciliar y organizar. Sobre ellas hablaré en la siguiente parte de este modesto y tan personalmente importante ensayo.